El juguete de peluche, su color original imposible de contar a través de capas de tierra, parecía tan desgastado y maltratado como ella.
Estaba temblando.
No solo por el frío amargo de la mañana, sino por un miedo tan profundo que parecía irradiar desde su pequeño cuerpo.
David la miró fijamente por un momento, luego me hizo un gesto para que me acercara.
Cuando la vi claramente, mi corazón se rompió.
¿Qué hacía un niño tan pequeño solo, descalzo, en nuestra puerta en medio de la noche?
Mi mente se inundó de preguntas urgentes.
¿Dónde estaban sus padres?
¿Cómo había llegado aquí?
Me puse junto a David, que ya se había arrodillado frente a la chica.
Su rostro normalmente tranquilo mostró una mezcla de conmoción y profunda compasión.
Me arrodillé a su lado, tratando de lucir lo más suave y tranquilizador posible.
—Hola, pequeño —dije suavemente, casi susurrando—. – ¿Cómo te llamas?
Sólo podía sollozar.
Sus pequeños hombros temblaban con cada aliento de hipo, las palabras atrapadas detrás de sus lágrimas.
David lentamente extendió su mano, con cuidado de no asustarla.
Se estremeció y se encogió hacia atrás, agarrando su osito de peluche aún más fuerte.
El silencio se hizo pesado, roto solo por sus gritos tranquilos.
Necesitábamos entender lo que había sucedido.
Teníamos que saber.
“¿Dónde están tus padres, cariño?” David preguntó suavemente.
La chica nos miró, con los ojos llenos de una tristeza demasiado profunda para alguien de su edad.
Finalmente, entre sollozos rotos y labios temblorosos, logró susurrar algo.
Algo que nos hizo mirarnos a David y a mí con horror atónito.
“Mi mamá me dijo que corriera”, dijo.
“Y ella dijo… si alguien le pide… que les dijera que el hombre del sótano no está muerto”.
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