—La puerta.
Se quedaron ahí, en silencio, escuchando el viento entre los arbustos.
Y aunque el mundo no se volvió perfecto —porque nunca lo es—, ellos sí se volvieron algo que antes no habían sido:
**Libres.**
Libres de rogar.
Libres de cargar culpas ajenas.
Libres de la idea de que envejecer significa hacerse chiquito.
Porque esa casa escondida no les dio solo paredes.
Les devolvió la dignidad.
Y con eso, a los setenta y tantos…
Rosa y Armando comenzaron, por fin, la vida que merecían.
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