Alejandro apagó el motor y frotó su rostro con ambas manos. Su mente estaba exhausta. Desde el accidente, se había refugiado en el trabajo para evadir el dolor, dejando la administración de su hogar y el cuidado médico de los niños en manos de su cuñada, Lorena. Ella, la hermana mayor de su difunta esposa, se había mudado con ellos bajo la promesa de ser una segunda madre para los gemelos.
Sin embargo, al abrir la puerta principal, la atmósfera de la casa se sentía densa. Lorena lo estaba esperando en el pasillo principal, con los brazos cruzados y una expresión de indignación total en su rostro perfectamente maquillado.
—Alejandro, por fin llegas. Tenemos que hablar de inmediato —dijo Lorena, con un tono afilado que cortó el silencio de la mansión.
—¿Qué pasa ahora, Lorena? Vengo de 1 vuelo de 12 horas, estoy agotado —respondió él, aflojando el nudo de su corbata.
—Es sobre Carmen. La nueva niñera oaxaqueña que contrataste hace 3 meses —Lorena dio 1 paso hacia él, bajando la voz como si revelara un secreto oscuro—. Te lo advertí, Alejandro. Esa mujer no tiene estudios, no tiene preparación. Y ahora… ahora está cruzando la línea.
El corazón de Alejandro dio un vuelco. —¿De qué hablas? ¿Le hizo algo a los niños?
—Lleva semanas sacándolos al jardín trasero durante horas, lejos de las cámaras de seguridad. Les prohíbe usar sus teléfonos y he escuchado a los niños llorar a gritos. Se quejan de dolor, Alejandro. Los está lastimando con sus extrañas costumbres de pueblo. Hace 10 minutos los llevó al jardín de nuevo. Tienes que detenerla antes de que ocurra una desgracia.
Una ola de terror puro invadió la sangre del padre. Los médicos de los 3 hospitales más caros del país habían sido muy claros: “Daño espinal permanente. Sus piernas no tienen fuerza. Deberán prepararse para 1 vida entera en silla de ruedas”. Sus hijos eran de cristal. Cualquier mal movimiento podría empeorar su ya delicada condición.
Sin decir 1 sola palabra más, Alejandro corrió hacia las puertas de cristal que daban al inmenso jardín trasero. Empujó las puertas con tanta violencia que casi rompe los marcos.
Corrió sobre el pasto perfectamente cortado, con la respiración agitada y los puños apretados. Entonces, al doblar la esquina de los grandes árboles de nogal, la escena frente a sus ojos lo paralizó por completo.
A 15 metros de distancia, las 2 sillas de ruedas de sus hijos estaban tiradas en el suelo, vacías.
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