Pero Doña Elena no se echó para atrás.
Desde aquella mañana, el jacal de lámina dejó de ser solo un refugio contra la lluvia y el frío; se volvió casa. Una casa pobre, sí, con goteras en junio, calor de infierno en abril y un piso de tierra que se hacía lodo cuando el río crecía, pero casa al fin. Diego lloraba por las noches, y Elena, con los brazos ya cansados de la vida, lo arrullaba hasta dormirse sentada. Aprendió a preparar leche con más agua de la que debía para que rindiera, remendó pañales con retazos de sábanas viejas y cambió sus propias tortillas por las del niño sin pensarlo dos veces.

El barrio siguió hablando.
—Ese muchachito le va a traer pura desgracia —decía Doña Lupe, recargada en su puerta de block—. Los niños que aparecen en la basura siempre cargan algo torcido.
—Ni siquiera sabe de quién es —murmuraba otra—. A saber qué sangre trae.
Elena los oía, claro que los oía, pero nunca les contestaba. A Diego le apretaba la mano y seguía caminando.
Cuando el niño cumplió cinco años ya corría por los pasillos del Mercado de Abastos esquivando costales de cebolla como si hubiera nacido allí. Tenía los ojos vivos, una inteligencia que se le salía por la mirada y una costumbre que a Elena le apretaba el pecho: preguntar demasiado.
—Abuela, ¿por qué vivimos aquí?
—Porque aquí nos encontró la suerte, mijo.
—¿Y mi mamá?
—La vida a veces asusta a la gente más de lo que uno cree.
—¿Y mi papá?
—Ese ni Dios sabe dónde anda.
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