Rosa dio un paso y sintió algo que la dejó helada: **había calor**. No fuego, no brasas… pero una calidez rara, como si las paredes conservaran el sol de todo el día.

Rosa dio un paso y sintió algo que la dejó helada: **había calor**. No fuego, no brasas… pero una calidez rara, como si las paredes conservaran el sol de todo el día.

Un olor a madera vieja y tierra húmeda les llenó los pulmones. Armando empujó con el hombro y un aire frío, limpio, les rozó la cara. No era olor a abandono… era olor a **lugar guardado**.

—Está… vivo —murmuró Rosa, sin saber por qué esa fue la palabra.

Adentro no había oscuridad total. Por una grieta en lo alto, la luz del atardecer se colaba en una línea delgada que partía el polvo como cuchillo. El primer cuarto parecía un recibidor tallado en la roca, y luego… un pasillo.

Un pasillo de piedra, con piso parejo, como de casa bien hecha.

Rosa dio un paso y sintió algo que la dejó helada: **había calor**. No fuego, no brasas… pero una calidez rara, como si las paredes conservaran el sol de todo el día.

Armando alzó una mano y tocó la pared. La piedra estaba tibia.

—¿Quién construiría… algo así aquí? —preguntó, casi en un susurro.

Caminaron despacio, cuidando cada paso, como si el lugar pudiera romperse con un movimiento brusco.

Y entonces llegaron a una puerta interior.

Armando la empujó.

El cuarto era… una sala.

Una sala completa, con muebles cubiertos por sábanas blancas, como esos hogares que se cierran “por un tiempo” y se quedan esperando. Había un reloj de péndulo detenido, un librero, una mesa de centro con un florero seco y, en una pared, algo que les pegó directo en el pecho:

**Una fotografía**.

Enmarcada. Limpia, sin moho.

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