Siempre me gustó sentarme junto a la ventana del salón al caer la tarde. Desde allí podía ver el jardín que Ernesto y yo habíamos cuidado durante 42 años. Cada rincón tenía una historia: las rosas que plantamos en nuestra primera primavera, el naranjo que florecía puntual cada año, el banco de madera donde compartíamos silencios que valían más que mil palabras.
Nuestra casa no era grande ni lujosa, pero estaba llena de vida. Allí creció Rodrigo, nuestro hijo, dando sus primeros pasos en el umbral y aprendiendo a cocinar en la misma cocina donde tantas veces reímos juntos.
Cuando Rodrigo conoció a Sofía, me alegré por él. Era amable, siempre tenía la palabra correcta… pero con el tiempo empecé a sentir algo que no sabía explicar. Una frialdad oculta detrás de su aparente dulzura.
La enfermedad que lo cambió todo
Ernesto enfermó a los 74 años. Fue un proceso lento, casi silencioso. Primero pequeños olvidos, luego el cansancio constante, después médicos, estudios y conversaciones que se decían en voz baja.
Yo estuve a su lado en todo momento.
Fue entonces cuando Sofía comenzó a aparecer más seguido. Traía comida, se ofrecía a ayudar, a acompañarlo a sus citas. Todo parecía perfecto… demasiado perfecto.
Rodrigo, ocupado con su trabajo, confiaba en ella. Yo intentaba hacer lo mismo, aunque algo dentro de mí no estaba en paz.
Leave a Comment