A.K El frío del cerro olvidado en la sierra de Chiapas me calaba hasta los huesos. Tenía veinticuatro años, estaba embarazada de más de siete meses y llevaba medio año completamente sola.
Me aferraba el vientre con una mano, sintiendo cómo mi hijo se movía dentro de mí, mientras con la otra intentaba sostener mi espalda ardiendo tras caminar descalza.
Ese hombre, Rodrigo Salvatierra… El de loción cara y palabras bonitas que me prometió casarnos y salir adelante, me había dejado botada con la criatura a punto de nacer y ninguna puerta donde tocar. Se había largado una madrugada con dos maletas, sin siquiera voltear a ver atrás.
La lluvia de anoche todavía goteaba en cinco partes distintas de mi techo, y yo seguía mi batalla silenciosa moviendo cubetas y ollas por el suelo de tierra de esa casita de adobe con paredes rajadas. ¿Cómo iba a parir sola allá arriba? El miedo era una sombra que no me dejaba respirar.
De pronto, a través de la mañana fresca y el vapor del rocío que apenas se levantaba de la hierba, vi una figura subiendo por la vereda.
Al principio creí que era otra ilusión de esas que me sembraba la maldita soledad en la cabeza.
Pero la figura siguió avanzando; era un hombre que llevaba una pala al hombro y traía amarradas con una cuerda a dos cabras pequeñas, una blanca y otra parda.
El terror me llenó de golpe. Estaba completamente indefensa. Él se detuvo a unos metros de mi vieja cerca vencida.
Tenía la piel curtida por el sol, una barba descuidada y el cabello oscuro. Sus ojos casi negros no se dejaban leer fácil y me miraron fijamente, observando mi panza, mi huerto pobre y la casa a punto de colapsar.
—Buenos días —dijo con una voz ronca que hizo eco en el silencio—. ¿Aquí vive alguien?
Tragué saliva, sintiendo que el pecho se me cerraba. Tardé en responder, aterrorizada de lo que pudiera pasarme. Hacía meses que nadie me ofrecía nada sin pedir primero, y ahora este desconocido estaba parado en mi puerta.
PARTE 2: EL PESO DE LA DESCONFIANZA Y EL REFUGIO INESPERADO
El viento frío que bajaba por el cerro olvidado en la sierra de Chiapas soplaba con una fuerza que parecía querer arrancar de tajo no solo el techo de mi casa, sino también la poca esperanza que me quedaba. Mis pies descalzos, hundidos en el lodo helado de la entrada, temblaban de manera incontrolable mientras intentaba sostener mi espalda ardiendo. Estaba completamente indefensa , paralizada frente a mi vieja cerca vencida. El hombre de piel curtida por el sol y barba descuidada seguía ahí, inmóvil, esperando una respuesta a su pregunta, con sus ojos casi negros clavados en mí.
—Buenos días —había dicho con esa voz ronca que todavía hacía eco en mi cabeza. ¿Aquí vive alguien?
Tragué saliva, sintiendo que el pecho se me cerraba. Hacía meses que nadie se acercaba por estos rumbos, y mucho menos alguien que me ofreciera algo sin pedir primero. La soledad me había vuelto desconfiada, arisca como un animal acorralado. Tenía veinticuatro años, llevaba medio año completamente sola y mi vientre de más de siete meses parecía un letrero luminoso que gritaba mi vulnerabilidad.
—Sí… sí vive alguien —logré articular, forzando la voz para que no temblara—. Mi esposo. Mi esposo está adentro. Ahorita sale.
Fue una mentira estúpida, torpe, nacida del terror que me llenó de golpe. Cualquier persona con dos dedos de frente podía ver que esa casita de adobe con paredes rajadas no albergaba a ningún hombre protector. El huerto pobre estaba lleno de maleza, y la leña cortada brillaba por su ausencia. El desconocido no hizo ningún gesto de burla ni me desmintió. Simplemente parpadeó lentamente, ajustando el agarre de la pala que llevaba al hombro.
A su lado, las dos cabras pequeñas, la blanca y la parda, balaron suavemente, rompiendo la tensión del momento. La neblina y el vapor del rocío que se levantaba de la hierba le daban a la escena un aire irreal, como si todo fuera una de esas ilusiones que me sembraba la maldita soledad en la cabeza. Pero el olor a animal mojado y a tierra húmeda era demasiado real.
—Entiendo —dijo él, con un tono neutro que no revelaba ninguna de las intenciones ocultas que yo temía —. Me llamo Elías. Vengo caminando desde San Juan Chamula. Me agarró la tormenta anoche en el camino y mis animales necesitan agua. No busco problemas, señora. Solo un poco de agua del pozo, si me hace el favor.
Me aferré el vientre con una mano, sintiendo cómo mi hijo se movía dentro de mí, inquieto, como si percibiera mi angustia. ¿Cómo iba a parir sola allá arriba? El miedo, esa sombra que no me dejaba respirar, me susurraba que diera media vuelta, que me encerrara y atrancara la puerta. Pero la puerta no tenía tranca, solo un mecate raído. Y si él quería hacerme daño, una puerta de madera podrida no lo iba a detener.
—El pozo está atrás —murmuré, señalando con la barbilla hacia un costado de la casa—. Hay una cubeta de lámina. Saque la que necesite y siga su camino.
Elías asintió despacio. No hizo ningún movimiento brusco. Caminó por el borde del terreno, jalando suavemente la cuerda amarrada a las cabras. Lo seguí con la mirada, sin moverme de la entrada. Observé cómo sus botas pesadas y gastadas dejaban huellas profundas en el lodo. Recordé de pronto a Rodrigo Salvatierra. Sus zapatos siempre estaban limpios, lustrados. Rodrigo, el de loción cara y palabras bonitas que me prometió casarnos y salir adelante, nunca habría pisado este lodo. Él prefería los pisos limpios, las huidas fáciles. Se había largado una madrugada con dos maletas, sin siquiera voltear a ver atrás , dejándome botada con la criatura a punto de nacer y ninguna puerta donde tocar.
Escuché el rechinar de la polea oxidada del pozo. Elías estaba sacando agua. Me acerqué con cautela, asomándome por la esquina de la casa. Él había vertido el agua en un viejo abrevadero de piedra y las cabras bebían con desesperación. Elías se quitó el sombrero de paja, revelando su cabello oscuro pegado a la frente por el sudor y la humedad. Se lavó la cara con el agua helada, suspirando de alivio.
De repente, una gota gruesa y fría me cayó justo en la nariz. Miré hacia el cielo. Las nubes, que habían dado una breve tregua durante la mañana fresca, volvían a cerrarse, oscureciendo el cerro. Otra gota. Luego otra. En cuestión de segundos, la llovizna se convirtió en un aguacero torrencial, igual o peor que la lluvia de anoche.
Corrí hacia el interior de mi casita, ignorando el dolor punzante en la cadera. Apenas crucé el umbral, el sonido del agua golpeando el techo de lámina oxidada fue ensordecedor. Y entonces, comenzó mi batalla silenciosa de nuevo. El agua goteaba en cinco partes distintas de mi techo. Me agaché con dificultad, moviendo cubetas y ollas por el suelo de tierra. El sonido del “ploc, ploc” cayendo en el metal era el reloj de mi propia miseria.
—¡Señora! —La voz ronca de Elías se escuchó sobre el ruido de la tormenta.
Di un salto, tirando por accidente una olla vacía. Me asomé por la ventana sin vidrio, que solo estaba cubierta por un plástico grueso. Elías estaba parado en el pequeño porche de la entrada, empapado, sosteniendo a las cabras pegadas a la pared para protegerlas del viento.
—¡La tormenta viene fuerte! —gritó, acercándose un poco al plástico—. ¡No tengo dónde refugiar a los animales! ¡Le ofrezco un trato!
Mi respiración se aceleró. Tardé en responder, aterrorizada de lo que pudiera pasarme.
—¡No tengo nada que darle! —le grité desde adentro, retrocediendo un paso.
Leave a Comment